
Esta noche he soñado que me moría y, mira por donde, ahora estoy muerto. Hace unos años mi amiga Susana me llamó angustiada al trabajo una fría mañana de febrero sacándome de una reunión importantísima para contarme que la noche anterior había soñado que yo moría ahogado en un lago mientras navegábamos en un bote. En ese momento no me enfadé. Al contrario, me dio un ataque de risa. Hoy veo que la muy ladina tenía razón y la pena es que no tuviera tiempo de llamarme a mí mismo para advertirme de la suerte que corría. ¿La causa de la muerte? Me falló el corazón mientras dormía aterrado como estaba tratando de salir de un sueño, uno de esos donde te ves sistemáticamente perseguido por sombras inconclusas que bucean por nuestra mente con escurridiza habilidad. Creo que ha sido mi novia la primera en darse cuenta del óbito. Tras infructuosos intentos de despertarme, ha comenzado a chillar como los cerdos en su calvario, incluso me ha tirado de los pelos con tal saña que he estado a punto de llorar. Afortunadamente ha corrido en pos del teléfono y me ha dejado unos segundos solo, los suficientes como para reflexionar acerca de mi nueva situación que, porqué no decirlo, era bastante placentera. En el silencio de la alcoba contemplaba mi cuerpo inerte con más curiosidad que otra cosa sin duda conmovido por el hecho de que era la primera vez en 37 años que lo contemplaba en todo su esplendor, o mejor sería decir en su franca decadencia. Los brazos desnudos sobre el pecho me producían cierta repulsión pues creyéndolos fuertes y contundentes, no pasaban de ser meras ramas desnudas de un chopo joven mientras mi cara inexpresiva aunque extrañamente serena, me parecía ajena. Tanto tiempo enfundado en un disfraz que termino por no reconocerme
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Los gritos desesperados de la nueva viuda no alteraban mi estado que no dejaba de ser expectante y circunspecto. Mucho he oído hablar del trágico momento, de túneles de luz blanca cegadora, de la venida de seres queridos que nos acompañan en el dulce trecho al paraíso, de una nube verde sensible sólo a los carretes de fotografía, incluso leí en algún artículo dominical que alguien calculó el peso exacto del alma: 21 gramos. ¡Que poético! ¡Qué vanos son los sentimientos...! Aurora vino corriendo bañada en lágrimas y con el miedo metido en el cuerpo al no saber qué hacer con un cadáver sobre la cama. Abraza mi cuerpo con más pánico que con amor y la escena vista desde otra perspectiva, me resulta cómica, surrealista. Es curioso, el silencio se torna espeso y los sonidos ambientales producen un misterioso eco dando a la escena un ambiente tétrico. ¿Y qué quiero? ¡Acabo de morir! No puedo pretender una big band de fondo, los martini dry corriendo de lado a lado de la sala mientras el público jalea al batería para imprimir más ritmo a la velada. Eso pudiera ocurrir con Frank Sinatra pero yo me acerco más a un perfil kafkiano que a formar parte del Rat Pack. Aurora, impaciente, vuelve a salir de la habitación. Necesita de alguien. No sabe estar sola. Le supera la inquietante sensación de la soledad. Por eso no tardará mucho en encontrar a otro. Por eso me echa de menos cuando aún no me he ido. Por eso grita, para no encontrarse sola. Le aterra pero no la entiendo.
Alguien llama a la puerta. ¿Será algún familiar mío que viene a llevarme al más allá? Quizás venga Marina. La dulce Marina. Sería una compañía perfecta hacia lo desconocido. Hace años nos encantaba perdernos por calles estrechas y amparados en la negrura de la noche nos dedícabamos a robarnos los besos que nos negaba la luz del día y entre sombras, putas y gatos buscábamos portales donde revolcar nuestro cariño escondido. Pero no es Marina. Un sanitario del SAMUR viene a certificar mi muerte. No es necesario. Ya llevo al menos seis años muerto. Puedo dar fe de ello. Y tú también, Aurora, que desde que sentamos la cabeza la vida se me escapaba a borbotones por la boca, por los oídos, por los ojos. Me fui apagando como una vela a pesar de que luchaba denodadamente por vivir. Por eso pasaba el día soñando despierto y tú no lo soportabas. Creías que me alejaba y sólo quería arrastrarte a mi mundo de mentira. No quería afrontar la realidad, esa por la que tú luchaste tanto, esa que ha acabado conmigo. Sí, señor médico. Estoy muerto y bien muerto. Tanto como lo estaba hace tres años. Desde que comencé a dudar, desde que dejé de soñar.
Tres fornidos ATS se esfuerzan en sacar presurosamente mi cadáver de la habitación mientras Aurora llora desconsoladamente sobre el lecho mortuorio agarrando con fuerza mi camiseta que solía utilizar para dormir en las noches de invierno. Recuerdo que tenía mucho cariño a esa camiseta, sobre todo por la historia tan rocambolesca que le precede. Me la regaló una novia que tuve hace muchos años. Cuando aquello acabó, quizás por una historia de cuernos adolecentes, me pidió que se la devolviera y así lo hice. Nunca he sido posesivo con los bienes materiales. Nunca he sido posesivo. Pocos años después, en una noche de borrachera fraternal, acabé liquidando dos botellas de tequila Souza con un tipo que llevaba una camiseta exactamente igual. Apareció con ella puesta en la cama de una ninfómana incorregible cuya descripción era sospechosamente parecida a la de mi antigua novia. Ese día mi compañero de fatigas acabó dormido en el banco de un parque al que acudimos a fumarnos la última china que nos quedaba y me pareció de justicia quitarle lo que no era suyo, así que sin ningún miramiento le despojé de aquel trofeo que un día fue mío aunque no tardé en volver a perderlo. Esta vez fue una putilla de tres al cuarto que me juró que tenía los ojos más azules que había visto en su vida. Al levantarme, mi princesa del reino de las tabernas se había marchado con la camiseta, mi cartera y la poquita dignidad que todavía me quedaba por aquel entonces. Y pensando que la historia entre la camiseta y yo había pasado a mejor vida, volví a encontrármela esta vez en una sucia estación de autobús de Toluca (México) en uno de mis viajes que hacía cada vez que tenía que huir de alguna situación delicada. Vestía el cuerpo de un enjuto chicano con aspecto de proxeneta. Mejor no divagar acerca de cómo llegó mi querida prenda a diez mil kilómetros de distancia. En ese momento comprendí que la camiseta y yo estábamos unidos por un extraño vínculo que nos hacía inseparables así que comencé a hurdir un plan para recuperar a mi buena amiga. Lejos de amilanarme por el aspecto peligroso del sujeto poseedor de mi tesoro, improvisé sobre la marcha y, poniendo en peligro mi pellejo le arrojé un café por encima. Armado con mis mejores modales y un punto de sumisión, acompañé al guanche al baño ofreciéndome solícito a lavarle la camiseta que se había quitado para observar atónito la quemadura producida en su pecho. Agarrar la prenda y echar a correr fue todo uno. Recuerdo que no paré hasta que mis piernas ya no respondían a los estímulos del pánico y por aquel entonces había logrado salir del casco urbano encontrándome exhausto tras unos peñascos junto a una carretera desierta con mi pequeña mochila en una mano y mi querida amiga en la otra. Lo que ocurrió a partir de ese momento no es parte de esta historia. Lo único remarcable es que desde entonces no he vuelto a separarme de ella y ahora es el paño de lágrimas de mi novia.
Compañera fiel, ahora no sé que será de ella. Probablemente acabará enfundada en el próximo novio de Aurora y cuando en el fragor de la batalla acabe arrojada en el frío suelo de una alcoba ajena, recordará los momentos que pasamos juntos.
Ahora comprendo que nadie vendrá a buscarme en el momento de partir, ni se abrirá ante mí un túnel lleno de luz brillante. Es el momento de seguir el camino solo. Aquí acaba nuestra historia que realmente fue bonita mientras duró. Tú te irás con otro y acabarás por olvidarme aunque siempre nos quedará Toluca.

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