naúfragos noctámbulos

Wednesday, June 27, 2007



27-06-07



El maldito jet-lag está haciendo de las suyas y aquí estoy aporreando las teclas del ordenador en una sórdida habitación de un sórdido hotel enclavado en pleno corazón de Chinatown, en el centro de San Francisco.
Tras una aciaga jornada inicial marcada por larguísimos y anodinos vuelos entremezclados con una soporífera espera de ocho horas en el aeropuerto de Atlanta, por fin aterrizamos en San Francisco recién comenzado el martes 26. La primera bofetada la recibimos al contemplar desolados el lúgubre motel que había reservado confiando en una foto que vi en Internet que en este caso claramente había sido tomada en otro motel, probablemente en otra ciudad e incluso en otro estado. No quiero cebarme mucho pero creo que ni el mismo Bukowsky hubiera tenido a bien aposentar sus poderosas nalgas en tamaño lugar. No ahondaré en elementos descriptivos. Tan sólo un recuerdo de esa noche: tratando de conciliar el sueño, forzando unos ojos hambrientos de luz serena pero envueltos en una oscuridad forzada, presentía que una enorme cucaracha (tal vez Gregor Samsa había cruzado el charco sobre su agonía) retozaba bajo mi cama y como un acto reflejo, así con firmeza la lámpara de la mesita cuando una sustancia viscosa me hizo dejarla nuevamente. Voces envolventes de negros enormes de enormes voces amenazaban un entorno desconocido y hostil mientras mi amiga Gregor luchaba desaforada por salir de su escondrijo y llorar sus penas sobre mi hombro.
Las seis de la mañana. Ha amanecido y por fin me atrevo a bajar de la cama mirando cautelosamente donde piso. Moqueta agujereada por colillas vestidas de carmín barato y ni rastro de Gregor. Cansada de mi insolente desprecio está rascando otras paredes. Mi angel duerme segura a mi lado. Pobre. Si supiera…
Primer paseo por la costa Oeste. San Bruno, barrio residencial periférico sin mucha historia ni nada interesante que merezca reseñar. Tan sólo la hamburguesa del desayuno de Carl’s jr. Apabullante. Festival de calorías y sabores tex-mex en estado puro.
Abandonando San Bruno sin ninguna lágrima de por medio, llegamos a San Francisco percibiendo una ciudad diferente al american way of life pero con su ración de atascos, polígonos y barrios residenciales sacados de la mente perversa de Tim Burton. Llegada al hotel y pese a su acogedora recepción, la actitud de pasado de vuelta del chino listo de la entrada nos lanza un jarro de agua fría a nuestro disimulado alborozo. La habitación terminó por minar nuestra frágil felicidad pues sin ser el cuchitril de San Bruno, sus reducidas dimensiones y más que espartana decoración así como sus espectaculares vistas a un muro corroído por la humedad situado a dos metros de la ventana, no colmó nuestras esperanzas de encontrar un cobijo acogedor.
Reordenamiento de ideas y estado de ánimo, acopio de aperos propios de turistillas avezados (cámaras, mapas, guías y demás útiles de guiris) y nos lanzamos a la conquista de San Francisco con ilusión contenida. Primeros envites por Chinatown y primeras alegrías del día. Siempre es pintoresco visitar estos barrios coloniales orientales, sean de la ciudad que sean. Te envuelves en sus gritos, su aroma a guisos incomibles y almibarados pero no por ello atrayentes, sus tiendas de objetos imposibles y sus rostros ausentes como si tus vacaciones no fueran con ellos, como si la ciudad no fuera con ellos, como si la vida no fuera con ellos. Esa explosión de colores chillones por las fachadas y los escaparates nos devolvió la alegría perdida y el tono de la ciudad cambió.
Nos dirijimos por Grant hasta Pier 33 y pese a su montaje turístico exagerado hasta límites que sólo un yankee puede soportar, fue una visita amena y curiosa. La sensación de ciudad diferente iba en aumento y reconozco que fuera donde fuera todo me resultaba familiar y cercano.
Tras recorrer la zona comercial de los Piers, no muy distinta a Oxford Street, Time Square, Gran Vía o la avenida Carlo de Praga, llegamos a la zona de calles empinadas subiendo por Leavenworth. Allí la sensación de ciudad cambia y el concepto tiempo desaparece para dejarte imbuir por arquitecturas tan rancias como acojedoras, mezcla de art decó, estilo victoriano y toques autóctonos propios de un gran puerto de mar. Flores de mil colores creciendo en milimétrico desorden colorean unas calles que no tendrían que envidiar en absoluto a la calle Alfarería de Triana. Cuestas y más cuestas que en vez de retraerte, te envuelven en un ambiente donde las prisas no son bien recibidas. Pequeña parada para tomar aire y éste se detiene en los pulmones ante la vista impactante del inmenso Pacífico coronado por un solemne Golden Gate, semiescondido entre brumas pero dejando marca de su porte. A su derecha Alcatraz vigila con su ojo intermitente el pulso de una ciudad que definitivamente está viva.
Una nutrida barrera de turistas nos alerta de la presencia de la parte floreada de Lombar St. y allí terminamos por rendirnos. En ese momento la calzada estaba invadida por un sinnúmero de coches que balanceaban sus carrocerías entre las agudas notas de sus frenos. Me pareció una danza hermosísima en un escenario singular y es una de esas cosas que no tienes que esperar a que te lo cuenten. Hay que estar allí y vivir la sensación única de una calle única. Mencionar la cuidada arquitectura de las casas que jalonan sus aceras es obvio pero mención especial a mitad de calle de una mansión vestida por un fino manto de buganvillas y que como cantos de sirenas provenientes del océano, es imposible resistirse a mirar.
No menos espectacular la bajada por Hyde St. De cuesta si cabe más pronunciada, la vista del Golden Gate junto a un inmenso velero recién sacado de “Rebelión a bordo” todo ello aderezado con unas mansiones tudorescas sin rallar en el exceso hicieron de ese descenso un paseo memorable.
Retomando Columbus hacia Washington Square, el ambiente se torna más bohemio pero a la vez más cercano. A medida que nos acercábamos de nuevo a Grant, disfrutábamos de paisajes étnicos y urbanos que no había contemplado jamás. El bullicio de la calle se tornaba melodía deliciosa y el aroma de las cafeterías aumentaba la sensación de que nunca había abandonado San Francisco pese a que era mi primera visita. Una cerveza reponedora para dedicarnos al noble ejercicio del cotilleo en la terraza y de nuevo el corazón encogido: City Lights se mostraba ante mis ojos. Reconozco que la visión de la fachada me retrajo un poco y no pude por menos que pensar que el maldito mercantilismo con su madre globalización habían devorado a unos de los pocos símbolos de la libertad que quedan en pie en este planeta. Forofos de Kerouac, no asustarse. Una vez dentro de la librería todo cambió. El aspecto vetusto e informal de sus estantes, ese olor a libro viejo que me subyugaba desde los tiempos en que frecuentaba las librerías de viejo de Tottemham Cort Road, la gente despreocupada leyendo por los rincones de ese oasis de cultura, el silencio, el sorprendente silencio… Por primera vez en lo que iba de viaje floté. Reconozco que me dejé llevar y mi mente voló lejos pero sin salir de ese reducto que pese a su tamaño era grande como el universo y tan magnético como él.
Compré un par de libros aunque rocé cientos de ellos. Me apoyé en sus paredes y olisqueé rincones absurdos donde alguien alguna vez sufrió con el sufrimiento ajeno y probablemente amó con su amor propio.
En estado de éxtasis, con los ojos en blanco y todavía mi mente peligrosamente activa, nos dirigimos a comer, aunque este capítulo no es apenas reseñable. Una siesta reponedora y con el espíritu atrapado totalmente por la ciudad, decidimos perdernos un poco más.
Coit Tower era nuestro destino y no sé si es que ya estábamos subyugados ante tanta hermosura pero las mismas calles que esta mañana nos parecían curiosas ahora eran puertas del limbo donde no nos importaría venir a pasar el resto de nuestras vidas.
Llegar a Coit Tower fue un paseo delicioso entre comercios con sabor a colmado, bares de los de toda la vida y gentediferente. No había Zaras, Starbucks, H&Ms, ni maldita la falta que les hacía. Ha renacido en mí la esperanza. No está todo perdido y si algún día el imperio globalizador impone su ley, siempre nos quedará San Francisco.
La vista desde la Torre es majestuosa y limpia. Puedes pasar diez minutos con la mente en blanco contemplando un paisaje sobrecogedor.
La bajada sorpresa hacia Levi’s square por la callecita de escaleras, no tiene precio. Aquello fue ya la catarsis. Imagina la luz del atardecer, el ruido del agua corriendo por canalillos que regaban jardines propios de gnomos bordeando casas de cuento escondidas entre marañas de azaleas, petunias y hiedra creciendo salvaje con delicadeza aterciopelad. El tiempo se detuvo y por segunda vez en el día sentí que flotaba y no quería que aquello terminara nunca…
Unas cervezas en el Vesubio pusieron la guinda a una jornada que tardaré en olvidar y que sin duda compensó todos los sinsabores sufridos hasta entonces.
Son las cinco de la mañana y no tengo mi pizca de sueño pero escribir estas líneas me han hecho sentirme bien. A lo lejos suenan unas sirenas de la policía que dan un toque humano a esta ciudad de cuento y el que aquí subscribe tratará de descansar un poco. Mañana me espera una visita que espero sea tan mágica como anuncian: Alcatraz.
Un abrazo, Arturo.

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