28/06/07
La noche volvió a ser atroz e intempestiva pero el maravilloso poso que nos dejó la primera jornada en San Francisco mitigaba la sensación de cansancio y frustración por no poder conciliar el sueño. ¿Tendría algo que ver el andrajoso zulo que hacía las veces de habitación? Recordaba en esos momentos los reportajes en los que se veían hacinados a 36 chinos en una habitación de 12 m2 que casualmente lindaba por el techo con el taller de costura en la que disfrutaban 16 horas al día entregados al noble arte del corte y confección bien protegidos y remunerados por un chino más listo que ellos aunque no por ello menos noble otorgándoles la dádiva de techo y manutención a cambio de tan porfiada entrega laboral. Desde ese momento comencé a ver la habitación más como una suite digna de reyes que como lo que era realmente.
Y de nuevo nos tienes entregados a la bulliciosa y colorista San Francisco donde puedes respirar aromas de cultura, modernidad inmortal con frescos matices de mar y viento.
Market st. Como su propio nombre indica, morada de mercachifles y fenicios pendencieros dispuestos a clavar sus afiladas garras en tus frágiles bolsillos y nosotros no escaparíamos del frenético ataque. Nada reseñable que no hayamos visto en cualquier gran ciudad si bien destaca el ritmo parsimonioso de sus viandantes, siempre dispuestos a perder unos segundos frente a un escaparate o viendo el ritmo cadencioso de un tráfico lento pero fluido.
Es al torcer a Mission St. cuando descubres que en San Francisco no todo es liberalmente pijo ni sofisticado. También hay vida de la de verdad, de la que no sale en las revistas dominicales. Una breve parada en Yerbabuena Center para contemplar un crisol de enormes moles de acero y cristal dotadas de vida propia por mor de unos arquitectos más dados al arte que al pecunio. Acogedora la plaza central con sus fuentes imposibles y sus rincones llenos de gente tratando de huir de rutinas comunes al resto de los mortales.
Bajando Mission no habría nada reseñable que no fuera el ver otra faceta de San Francisco más humana, más real pero no por ella menos atractiva.
Un repentino cambio de planes motivado por una fiebre consumista incurable de mi dulce acompañante, truncó lo que prometía ser una jornada memorable.
La tarde la ocupó una atracción obligada: Alcatraz. Para un amante del cine como yo, plató y fuente de inspiración de un puñado de obras maestras.
Durante el trayecto en barco, el skyline de San Francisco se muestra suave y acorde con el entorno, en clara diferencia con el de Nueva York, descaradamente agresivo y abrupto, aunque no por ello menos impactante. La pequeña isla de Alcatraz va tomando formas y cierta aura siniestra rodea el islote, efecto éste probablemente generado por mi mente calenturienta. Una vez tomada la isla, disfrutamos de lo que parece un plató de cine semiabandonado y comenzamos un recorrido mezcla de nostalgia y estremecimiento que nos hace disfrutar como niños recordando la historia de esta roca que si bien hace unos años fue el parnaso para muchos, hoy es un pedazo de historia con un encanto inusual.
Contemplando la ciudad desde Alcatraz parece que están casi lindando. A poco que te arrimes casi puedes rozarla con la punta de los dedos y sin embargo era algo inalcanzable para los presos que contemplaban su majestuosidad con la congoja de tenerla tan cerca y tan lejos a la vez. Este fue el sentimiento que me invadía durante toda la visita a la prisión. A tan sólo unos pasos la ciudad crecía, se desarrollaba, se divertía y sufría sin que los aciagos moradores de Alcatraz pudieran hacer nada más que resignarse.
Cena romántica en Columbus St. en una romántica pizzería italiana de las muchas y buenas que abundan por la zona y de nuevo el espíritu de la ciudad nos había enganchado con su magia urbana y relajada.
Respirar estas noches supusieron para mí una liberación y me di cuenta que el entorno que me cobija habitualmente anquilosa la fluidez de ideas propias de un culo inquieto como el mío. Interesante reflexión. Interesante y peligrosa…
La noche volvió a ser atroz e intempestiva pero el maravilloso poso que nos dejó la primera jornada en San Francisco mitigaba la sensación de cansancio y frustración por no poder conciliar el sueño. ¿Tendría algo que ver el andrajoso zulo que hacía las veces de habitación? Recordaba en esos momentos los reportajes en los que se veían hacinados a 36 chinos en una habitación de 12 m2 que casualmente lindaba por el techo con el taller de costura en la que disfrutaban 16 horas al día entregados al noble arte del corte y confección bien protegidos y remunerados por un chino más listo que ellos aunque no por ello menos noble otorgándoles la dádiva de techo y manutención a cambio de tan porfiada entrega laboral. Desde ese momento comencé a ver la habitación más como una suite digna de reyes que como lo que era realmente.
Y de nuevo nos tienes entregados a la bulliciosa y colorista San Francisco donde puedes respirar aromas de cultura, modernidad inmortal con frescos matices de mar y viento.
Market st. Como su propio nombre indica, morada de mercachifles y fenicios pendencieros dispuestos a clavar sus afiladas garras en tus frágiles bolsillos y nosotros no escaparíamos del frenético ataque. Nada reseñable que no hayamos visto en cualquier gran ciudad si bien destaca el ritmo parsimonioso de sus viandantes, siempre dispuestos a perder unos segundos frente a un escaparate o viendo el ritmo cadencioso de un tráfico lento pero fluido.
Es al torcer a Mission St. cuando descubres que en San Francisco no todo es liberalmente pijo ni sofisticado. También hay vida de la de verdad, de la que no sale en las revistas dominicales. Una breve parada en Yerbabuena Center para contemplar un crisol de enormes moles de acero y cristal dotadas de vida propia por mor de unos arquitectos más dados al arte que al pecunio. Acogedora la plaza central con sus fuentes imposibles y sus rincones llenos de gente tratando de huir de rutinas comunes al resto de los mortales.
Bajando Mission no habría nada reseñable que no fuera el ver otra faceta de San Francisco más humana, más real pero no por ella menos atractiva.
Un repentino cambio de planes motivado por una fiebre consumista incurable de mi dulce acompañante, truncó lo que prometía ser una jornada memorable.
La tarde la ocupó una atracción obligada: Alcatraz. Para un amante del cine como yo, plató y fuente de inspiración de un puñado de obras maestras.
Durante el trayecto en barco, el skyline de San Francisco se muestra suave y acorde con el entorno, en clara diferencia con el de Nueva York, descaradamente agresivo y abrupto, aunque no por ello menos impactante. La pequeña isla de Alcatraz va tomando formas y cierta aura siniestra rodea el islote, efecto éste probablemente generado por mi mente calenturienta. Una vez tomada la isla, disfrutamos de lo que parece un plató de cine semiabandonado y comenzamos un recorrido mezcla de nostalgia y estremecimiento que nos hace disfrutar como niños recordando la historia de esta roca que si bien hace unos años fue el parnaso para muchos, hoy es un pedazo de historia con un encanto inusual.
Contemplando la ciudad desde Alcatraz parece que están casi lindando. A poco que te arrimes casi puedes rozarla con la punta de los dedos y sin embargo era algo inalcanzable para los presos que contemplaban su majestuosidad con la congoja de tenerla tan cerca y tan lejos a la vez. Este fue el sentimiento que me invadía durante toda la visita a la prisión. A tan sólo unos pasos la ciudad crecía, se desarrollaba, se divertía y sufría sin que los aciagos moradores de Alcatraz pudieran hacer nada más que resignarse.
Cena romántica en Columbus St. en una romántica pizzería italiana de las muchas y buenas que abundan por la zona y de nuevo el espíritu de la ciudad nos había enganchado con su magia urbana y relajada.
Respirar estas noches supusieron para mí una liberación y me di cuenta que el entorno que me cobija habitualmente anquilosa la fluidez de ideas propias de un culo inquieto como el mío. Interesante reflexión. Interesante y peligrosa…

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