Me muerdo la lengua viendo como el universo que pensaba todopoderoso e inabarcable durante mi niñez, se desmorona como un castillo de naipes azotado por los vientos huracanados de la mediocridad, de la resignación y la desidia. Esa falta de luz en los ojos de mi padre ha sido una punzada mortal de necesidad llegando a turbar mi sueño en noches frías y desangeladas despertándome con la terrible sensación que tuve siempre de que todo iba a cambiar pero el choque brutal con la realidad es un perfecto aliado para el insomnio.
Arrastrando los pies por caminos polvorientos, otrora frondosas veredas que discurrían por valles prósperos, agacha la cabeza en su ensimismamiento quizás por miedo, vergüenza o dolor y yo, maldito cobarde, prefiero mirar a otro lado para no turbar mi frágil felicidad.
