naúfragos noctámbulos

Thursday, July 12, 2007



29/06/07

El día de partir, tomé el sabio consejo de mi amigo Arturo y me entregué en solitario a la otra cara de San Francisco, quizás menos amable pero más real y activa. La mañana me recibía con una espesa niebla que dotaba a la ciudad de un halo misterioso dándole más encanto si cabe. Mi punto de partida, Mission St. Aquí se tomaba el verdadero pulso a la ciudad si bien no era hasta muy al final de la calle donde la amalgama de pequeños comercios tradicionales con coquetos restaurantes me recordaron a ciertas zonas de Brooklyn donde la mezcla de razas y culturas dotaban a la zona de un encanto literario sin igual. Pinceladas de Auster, Capote, Pollock, Basquiat o Schnabbel aparecen por muros, ventanas y escaparates. Vida por todas partes atrapada entre ladrillos enmohecidos y sombras brillantes que recorren las sucias calles. Valencia sigue esta tendencia variopinta donde se adivina un vecindario cercano con causas y ambiciones comunes. Llegamos a Dolores St. y la calle se aburguesa pero con un estilo cálido que invita a pasear arriba y abajo sin mirar el reloj. Me paro frente a Dolores Mission, una iglesia con reminiscencias coloniales españolas y una vez dentro me sobrecoge el silencio y sobre todo la luz, una luz tibia y muy tenue que te produce una paz interior de la que cuesta salir. Poco tengo que decir del cementerio colindante. Sólo que magnetiza su visión pues sin dejar de ser inquietante, no puedes apartar la mirada de sus lápidas mezcladas entre los jardines desaliñados que lo contornean. No me extraña que Hitchcock grabara aquí siniestras escenas.
El camino hacia Castro se hace ameno pese a las cada vez más pronunciadas cuestas y es al llegar al barrio gay por excelencia (por el aspecto de sus viandantes juraría que se está convirtiendo en una zona residencial para familias acomodadas) donde las casas alcanzan categoría de arte y las vistas desde la calle a la bahía son impactantes. Armonía en estado puro.
Tomo Hight St. y la ciudad no deja de sorprenderme. Me topo con Camden Town pero más real y variopinto. Escaparates imposibles me avasallan por ambos flancos y la gente por la calle despreocupada de todo. Únicamente las ansias de vivir y dejar vivir. Casi cerca de Golden Gate Park mantengo una animada charla con un homeless acerca de fotografía y me dejo llevar por el momento. Compartimos vivencias y algún que otro trago de whisky y descubro que no sólo el cementerio es quien se encarga de igualar a unos y otros, a pobres y a ricos. Hay más nexos comunes y sólo las tribulaciones de la vida son las que van marcando nuestro destino. Enriquecedor momento que siempre mantendré grabado en mi memoria.
Justo en las puertas de un sorprendente Golden Gate Park, cometo el gran error de mirar el reloj y descubro que tengo que volar para recoger el coche de alquiler. ¡Maldita sea mi suerte!
Cruzar el Golden Gate es otra de esas cosas que mejor hacerlas tú mismo a que te lo cuenten. No sólo por la grandiosidad del puente sino por la atmósfera que le rodea, esa niebla densa que parece que te va a engullir, el océano a tus pies, las mil y una anécdotas que siempre hemos escuchado de este monstruo de acero…
Parada a comer en Sausalito y si bien no es especialmente reseñable, no es menos cierto que es un agradable pueblo costero con un clima más benigno que San Francisco. Encima tuve la suerte de degustar uno de los mejores fettuccini Alfredo que he probado en mi vida en el marco de un restaurante especial. Situado frente al puerto deportivo, Cat’n’Fiddle tiene un encanto marinero peculiar y si a eso le añadimos un servicio agradable y unas vistas al puerto espectaculares, yo no dejaría la ocasión de comer allí.
Puestos ya en ruta, nos dirigimos a la zona de los viñedos donde el paisaje se torna verde y mucho más caldeado. Merece la pena pararse a ver algunas de las viñas dotadas de mansiones elegantemente construidas con esmerado gusto y cierto toque distinguido que alimentan la buena fama de los caldos californianos. Pero al llegar a Napa nos llevamos una gran decepción ya que lo que intuíamos como una ciudad que vivía por y para el vino y donde la arquitectura de sus calles y casas iría en consonancia con el paisaje visto hasta entonces, nos encontramos con una moderna ciudad donde las aburridas casas copias unas de otras se mezclaban con gigantescos centros comerciales donde la reminiscencia más cercana al vino era algún frío cartel obtenido con el photoshop. Nada parecido a mi queridísima “Entre copas” que ahora adivino más como una esmerada campaña de marketing que como una realidad. Tal fue nuestro chasco que decidimos emprender viaje a Yosemite y dormir en Mariposa.
La noche nos atrapa sin remisión y ante la carencia de un paisaje físico es la incertidumbre la que me lleva a un repunte de adrenalina que me mantiene despierto ante la negrura del entorno.



28/06/07

La noche volvió a ser atroz e intempestiva pero el maravilloso poso que nos dejó la primera jornada en San Francisco mitigaba la sensación de cansancio y frustración por no poder conciliar el sueño. ¿Tendría algo que ver el andrajoso zulo que hacía las veces de habitación? Recordaba en esos momentos los reportajes en los que se veían hacinados a 36 chinos en una habitación de 12 m2 que casualmente lindaba por el techo con el taller de costura en la que disfrutaban 16 horas al día entregados al noble arte del corte y confección bien protegidos y remunerados por un chino más listo que ellos aunque no por ello menos noble otorgándoles la dádiva de techo y manutención a cambio de tan porfiada entrega laboral. Desde ese momento comencé a ver la habitación más como una suite digna de reyes que como lo que era realmente.
Y de nuevo nos tienes entregados a la bulliciosa y colorista San Francisco donde puedes respirar aromas de cultura, modernidad inmortal con frescos matices de mar y viento.
Market st. Como su propio nombre indica, morada de mercachifles y fenicios pendencieros dispuestos a clavar sus afiladas garras en tus frágiles bolsillos y nosotros no escaparíamos del frenético ataque. Nada reseñable que no hayamos visto en cualquier gran ciudad si bien destaca el ritmo parsimonioso de sus viandantes, siempre dispuestos a perder unos segundos frente a un escaparate o viendo el ritmo cadencioso de un tráfico lento pero fluido.
Es al torcer a Mission St. cuando descubres que en San Francisco no todo es liberalmente pijo ni sofisticado. También hay vida de la de verdad, de la que no sale en las revistas dominicales. Una breve parada en Yerbabuena Center para contemplar un crisol de enormes moles de acero y cristal dotadas de vida propia por mor de unos arquitectos más dados al arte que al pecunio. Acogedora la plaza central con sus fuentes imposibles y sus rincones llenos de gente tratando de huir de rutinas comunes al resto de los mortales.
Bajando Mission no habría nada reseñable que no fuera el ver otra faceta de San Francisco más humana, más real pero no por ella menos atractiva.
Un repentino cambio de planes motivado por una fiebre consumista incurable de mi dulce acompañante, truncó lo que prometía ser una jornada memorable.
La tarde la ocupó una atracción obligada: Alcatraz. Para un amante del cine como yo, plató y fuente de inspiración de un puñado de obras maestras.
Durante el trayecto en barco, el skyline de San Francisco se muestra suave y acorde con el entorno, en clara diferencia con el de Nueva York, descaradamente agresivo y abrupto, aunque no por ello menos impactante. La pequeña isla de Alcatraz va tomando formas y cierta aura siniestra rodea el islote, efecto éste probablemente generado por mi mente calenturienta. Una vez tomada la isla, disfrutamos de lo que parece un plató de cine semiabandonado y comenzamos un recorrido mezcla de nostalgia y estremecimiento que nos hace disfrutar como niños recordando la historia de esta roca que si bien hace unos años fue el parnaso para muchos, hoy es un pedazo de historia con un encanto inusual.
Contemplando la ciudad desde Alcatraz parece que están casi lindando. A poco que te arrimes casi puedes rozarla con la punta de los dedos y sin embargo era algo inalcanzable para los presos que contemplaban su majestuosidad con la congoja de tenerla tan cerca y tan lejos a la vez. Este fue el sentimiento que me invadía durante toda la visita a la prisión. A tan sólo unos pasos la ciudad crecía, se desarrollaba, se divertía y sufría sin que los aciagos moradores de Alcatraz pudieran hacer nada más que resignarse.
Cena romántica en Columbus St. en una romántica pizzería italiana de las muchas y buenas que abundan por la zona y de nuevo el espíritu de la ciudad nos había enganchado con su magia urbana y relajada.
Respirar estas noches supusieron para mí una liberación y me di cuenta que el entorno que me cobija habitualmente anquilosa la fluidez de ideas propias de un culo inquieto como el mío. Interesante reflexión. Interesante y peligrosa…