naúfragos noctámbulos

Thursday, July 12, 2007



29/06/07

El día de partir, tomé el sabio consejo de mi amigo Arturo y me entregué en solitario a la otra cara de San Francisco, quizás menos amable pero más real y activa. La mañana me recibía con una espesa niebla que dotaba a la ciudad de un halo misterioso dándole más encanto si cabe. Mi punto de partida, Mission St. Aquí se tomaba el verdadero pulso a la ciudad si bien no era hasta muy al final de la calle donde la amalgama de pequeños comercios tradicionales con coquetos restaurantes me recordaron a ciertas zonas de Brooklyn donde la mezcla de razas y culturas dotaban a la zona de un encanto literario sin igual. Pinceladas de Auster, Capote, Pollock, Basquiat o Schnabbel aparecen por muros, ventanas y escaparates. Vida por todas partes atrapada entre ladrillos enmohecidos y sombras brillantes que recorren las sucias calles. Valencia sigue esta tendencia variopinta donde se adivina un vecindario cercano con causas y ambiciones comunes. Llegamos a Dolores St. y la calle se aburguesa pero con un estilo cálido que invita a pasear arriba y abajo sin mirar el reloj. Me paro frente a Dolores Mission, una iglesia con reminiscencias coloniales españolas y una vez dentro me sobrecoge el silencio y sobre todo la luz, una luz tibia y muy tenue que te produce una paz interior de la que cuesta salir. Poco tengo que decir del cementerio colindante. Sólo que magnetiza su visión pues sin dejar de ser inquietante, no puedes apartar la mirada de sus lápidas mezcladas entre los jardines desaliñados que lo contornean. No me extraña que Hitchcock grabara aquí siniestras escenas.
El camino hacia Castro se hace ameno pese a las cada vez más pronunciadas cuestas y es al llegar al barrio gay por excelencia (por el aspecto de sus viandantes juraría que se está convirtiendo en una zona residencial para familias acomodadas) donde las casas alcanzan categoría de arte y las vistas desde la calle a la bahía son impactantes. Armonía en estado puro.
Tomo Hight St. y la ciudad no deja de sorprenderme. Me topo con Camden Town pero más real y variopinto. Escaparates imposibles me avasallan por ambos flancos y la gente por la calle despreocupada de todo. Únicamente las ansias de vivir y dejar vivir. Casi cerca de Golden Gate Park mantengo una animada charla con un homeless acerca de fotografía y me dejo llevar por el momento. Compartimos vivencias y algún que otro trago de whisky y descubro que no sólo el cementerio es quien se encarga de igualar a unos y otros, a pobres y a ricos. Hay más nexos comunes y sólo las tribulaciones de la vida son las que van marcando nuestro destino. Enriquecedor momento que siempre mantendré grabado en mi memoria.
Justo en las puertas de un sorprendente Golden Gate Park, cometo el gran error de mirar el reloj y descubro que tengo que volar para recoger el coche de alquiler. ¡Maldita sea mi suerte!
Cruzar el Golden Gate es otra de esas cosas que mejor hacerlas tú mismo a que te lo cuenten. No sólo por la grandiosidad del puente sino por la atmósfera que le rodea, esa niebla densa que parece que te va a engullir, el océano a tus pies, las mil y una anécdotas que siempre hemos escuchado de este monstruo de acero…
Parada a comer en Sausalito y si bien no es especialmente reseñable, no es menos cierto que es un agradable pueblo costero con un clima más benigno que San Francisco. Encima tuve la suerte de degustar uno de los mejores fettuccini Alfredo que he probado en mi vida en el marco de un restaurante especial. Situado frente al puerto deportivo, Cat’n’Fiddle tiene un encanto marinero peculiar y si a eso le añadimos un servicio agradable y unas vistas al puerto espectaculares, yo no dejaría la ocasión de comer allí.
Puestos ya en ruta, nos dirigimos a la zona de los viñedos donde el paisaje se torna verde y mucho más caldeado. Merece la pena pararse a ver algunas de las viñas dotadas de mansiones elegantemente construidas con esmerado gusto y cierto toque distinguido que alimentan la buena fama de los caldos californianos. Pero al llegar a Napa nos llevamos una gran decepción ya que lo que intuíamos como una ciudad que vivía por y para el vino y donde la arquitectura de sus calles y casas iría en consonancia con el paisaje visto hasta entonces, nos encontramos con una moderna ciudad donde las aburridas casas copias unas de otras se mezclaban con gigantescos centros comerciales donde la reminiscencia más cercana al vino era algún frío cartel obtenido con el photoshop. Nada parecido a mi queridísima “Entre copas” que ahora adivino más como una esmerada campaña de marketing que como una realidad. Tal fue nuestro chasco que decidimos emprender viaje a Yosemite y dormir en Mariposa.
La noche nos atrapa sin remisión y ante la carencia de un paisaje físico es la incertidumbre la que me lleva a un repunte de adrenalina que me mantiene despierto ante la negrura del entorno.



28/06/07

La noche volvió a ser atroz e intempestiva pero el maravilloso poso que nos dejó la primera jornada en San Francisco mitigaba la sensación de cansancio y frustración por no poder conciliar el sueño. ¿Tendría algo que ver el andrajoso zulo que hacía las veces de habitación? Recordaba en esos momentos los reportajes en los que se veían hacinados a 36 chinos en una habitación de 12 m2 que casualmente lindaba por el techo con el taller de costura en la que disfrutaban 16 horas al día entregados al noble arte del corte y confección bien protegidos y remunerados por un chino más listo que ellos aunque no por ello menos noble otorgándoles la dádiva de techo y manutención a cambio de tan porfiada entrega laboral. Desde ese momento comencé a ver la habitación más como una suite digna de reyes que como lo que era realmente.
Y de nuevo nos tienes entregados a la bulliciosa y colorista San Francisco donde puedes respirar aromas de cultura, modernidad inmortal con frescos matices de mar y viento.
Market st. Como su propio nombre indica, morada de mercachifles y fenicios pendencieros dispuestos a clavar sus afiladas garras en tus frágiles bolsillos y nosotros no escaparíamos del frenético ataque. Nada reseñable que no hayamos visto en cualquier gran ciudad si bien destaca el ritmo parsimonioso de sus viandantes, siempre dispuestos a perder unos segundos frente a un escaparate o viendo el ritmo cadencioso de un tráfico lento pero fluido.
Es al torcer a Mission St. cuando descubres que en San Francisco no todo es liberalmente pijo ni sofisticado. También hay vida de la de verdad, de la que no sale en las revistas dominicales. Una breve parada en Yerbabuena Center para contemplar un crisol de enormes moles de acero y cristal dotadas de vida propia por mor de unos arquitectos más dados al arte que al pecunio. Acogedora la plaza central con sus fuentes imposibles y sus rincones llenos de gente tratando de huir de rutinas comunes al resto de los mortales.
Bajando Mission no habría nada reseñable que no fuera el ver otra faceta de San Francisco más humana, más real pero no por ella menos atractiva.
Un repentino cambio de planes motivado por una fiebre consumista incurable de mi dulce acompañante, truncó lo que prometía ser una jornada memorable.
La tarde la ocupó una atracción obligada: Alcatraz. Para un amante del cine como yo, plató y fuente de inspiración de un puñado de obras maestras.
Durante el trayecto en barco, el skyline de San Francisco se muestra suave y acorde con el entorno, en clara diferencia con el de Nueva York, descaradamente agresivo y abrupto, aunque no por ello menos impactante. La pequeña isla de Alcatraz va tomando formas y cierta aura siniestra rodea el islote, efecto éste probablemente generado por mi mente calenturienta. Una vez tomada la isla, disfrutamos de lo que parece un plató de cine semiabandonado y comenzamos un recorrido mezcla de nostalgia y estremecimiento que nos hace disfrutar como niños recordando la historia de esta roca que si bien hace unos años fue el parnaso para muchos, hoy es un pedazo de historia con un encanto inusual.
Contemplando la ciudad desde Alcatraz parece que están casi lindando. A poco que te arrimes casi puedes rozarla con la punta de los dedos y sin embargo era algo inalcanzable para los presos que contemplaban su majestuosidad con la congoja de tenerla tan cerca y tan lejos a la vez. Este fue el sentimiento que me invadía durante toda la visita a la prisión. A tan sólo unos pasos la ciudad crecía, se desarrollaba, se divertía y sufría sin que los aciagos moradores de Alcatraz pudieran hacer nada más que resignarse.
Cena romántica en Columbus St. en una romántica pizzería italiana de las muchas y buenas que abundan por la zona y de nuevo el espíritu de la ciudad nos había enganchado con su magia urbana y relajada.
Respirar estas noches supusieron para mí una liberación y me di cuenta que el entorno que me cobija habitualmente anquilosa la fluidez de ideas propias de un culo inquieto como el mío. Interesante reflexión. Interesante y peligrosa…

Wednesday, June 27, 2007



27-06-07



El maldito jet-lag está haciendo de las suyas y aquí estoy aporreando las teclas del ordenador en una sórdida habitación de un sórdido hotel enclavado en pleno corazón de Chinatown, en el centro de San Francisco.
Tras una aciaga jornada inicial marcada por larguísimos y anodinos vuelos entremezclados con una soporífera espera de ocho horas en el aeropuerto de Atlanta, por fin aterrizamos en San Francisco recién comenzado el martes 26. La primera bofetada la recibimos al contemplar desolados el lúgubre motel que había reservado confiando en una foto que vi en Internet que en este caso claramente había sido tomada en otro motel, probablemente en otra ciudad e incluso en otro estado. No quiero cebarme mucho pero creo que ni el mismo Bukowsky hubiera tenido a bien aposentar sus poderosas nalgas en tamaño lugar. No ahondaré en elementos descriptivos. Tan sólo un recuerdo de esa noche: tratando de conciliar el sueño, forzando unos ojos hambrientos de luz serena pero envueltos en una oscuridad forzada, presentía que una enorme cucaracha (tal vez Gregor Samsa había cruzado el charco sobre su agonía) retozaba bajo mi cama y como un acto reflejo, así con firmeza la lámpara de la mesita cuando una sustancia viscosa me hizo dejarla nuevamente. Voces envolventes de negros enormes de enormes voces amenazaban un entorno desconocido y hostil mientras mi amiga Gregor luchaba desaforada por salir de su escondrijo y llorar sus penas sobre mi hombro.
Las seis de la mañana. Ha amanecido y por fin me atrevo a bajar de la cama mirando cautelosamente donde piso. Moqueta agujereada por colillas vestidas de carmín barato y ni rastro de Gregor. Cansada de mi insolente desprecio está rascando otras paredes. Mi angel duerme segura a mi lado. Pobre. Si supiera…
Primer paseo por la costa Oeste. San Bruno, barrio residencial periférico sin mucha historia ni nada interesante que merezca reseñar. Tan sólo la hamburguesa del desayuno de Carl’s jr. Apabullante. Festival de calorías y sabores tex-mex en estado puro.
Abandonando San Bruno sin ninguna lágrima de por medio, llegamos a San Francisco percibiendo una ciudad diferente al american way of life pero con su ración de atascos, polígonos y barrios residenciales sacados de la mente perversa de Tim Burton. Llegada al hotel y pese a su acogedora recepción, la actitud de pasado de vuelta del chino listo de la entrada nos lanza un jarro de agua fría a nuestro disimulado alborozo. La habitación terminó por minar nuestra frágil felicidad pues sin ser el cuchitril de San Bruno, sus reducidas dimensiones y más que espartana decoración así como sus espectaculares vistas a un muro corroído por la humedad situado a dos metros de la ventana, no colmó nuestras esperanzas de encontrar un cobijo acogedor.
Reordenamiento de ideas y estado de ánimo, acopio de aperos propios de turistillas avezados (cámaras, mapas, guías y demás útiles de guiris) y nos lanzamos a la conquista de San Francisco con ilusión contenida. Primeros envites por Chinatown y primeras alegrías del día. Siempre es pintoresco visitar estos barrios coloniales orientales, sean de la ciudad que sean. Te envuelves en sus gritos, su aroma a guisos incomibles y almibarados pero no por ello atrayentes, sus tiendas de objetos imposibles y sus rostros ausentes como si tus vacaciones no fueran con ellos, como si la ciudad no fuera con ellos, como si la vida no fuera con ellos. Esa explosión de colores chillones por las fachadas y los escaparates nos devolvió la alegría perdida y el tono de la ciudad cambió.
Nos dirijimos por Grant hasta Pier 33 y pese a su montaje turístico exagerado hasta límites que sólo un yankee puede soportar, fue una visita amena y curiosa. La sensación de ciudad diferente iba en aumento y reconozco que fuera donde fuera todo me resultaba familiar y cercano.
Tras recorrer la zona comercial de los Piers, no muy distinta a Oxford Street, Time Square, Gran Vía o la avenida Carlo de Praga, llegamos a la zona de calles empinadas subiendo por Leavenworth. Allí la sensación de ciudad cambia y el concepto tiempo desaparece para dejarte imbuir por arquitecturas tan rancias como acojedoras, mezcla de art decó, estilo victoriano y toques autóctonos propios de un gran puerto de mar. Flores de mil colores creciendo en milimétrico desorden colorean unas calles que no tendrían que envidiar en absoluto a la calle Alfarería de Triana. Cuestas y más cuestas que en vez de retraerte, te envuelven en un ambiente donde las prisas no son bien recibidas. Pequeña parada para tomar aire y éste se detiene en los pulmones ante la vista impactante del inmenso Pacífico coronado por un solemne Golden Gate, semiescondido entre brumas pero dejando marca de su porte. A su derecha Alcatraz vigila con su ojo intermitente el pulso de una ciudad que definitivamente está viva.
Una nutrida barrera de turistas nos alerta de la presencia de la parte floreada de Lombar St. y allí terminamos por rendirnos. En ese momento la calzada estaba invadida por un sinnúmero de coches que balanceaban sus carrocerías entre las agudas notas de sus frenos. Me pareció una danza hermosísima en un escenario singular y es una de esas cosas que no tienes que esperar a que te lo cuenten. Hay que estar allí y vivir la sensación única de una calle única. Mencionar la cuidada arquitectura de las casas que jalonan sus aceras es obvio pero mención especial a mitad de calle de una mansión vestida por un fino manto de buganvillas y que como cantos de sirenas provenientes del océano, es imposible resistirse a mirar.
No menos espectacular la bajada por Hyde St. De cuesta si cabe más pronunciada, la vista del Golden Gate junto a un inmenso velero recién sacado de “Rebelión a bordo” todo ello aderezado con unas mansiones tudorescas sin rallar en el exceso hicieron de ese descenso un paseo memorable.
Retomando Columbus hacia Washington Square, el ambiente se torna más bohemio pero a la vez más cercano. A medida que nos acercábamos de nuevo a Grant, disfrutábamos de paisajes étnicos y urbanos que no había contemplado jamás. El bullicio de la calle se tornaba melodía deliciosa y el aroma de las cafeterías aumentaba la sensación de que nunca había abandonado San Francisco pese a que era mi primera visita. Una cerveza reponedora para dedicarnos al noble ejercicio del cotilleo en la terraza y de nuevo el corazón encogido: City Lights se mostraba ante mis ojos. Reconozco que la visión de la fachada me retrajo un poco y no pude por menos que pensar que el maldito mercantilismo con su madre globalización habían devorado a unos de los pocos símbolos de la libertad que quedan en pie en este planeta. Forofos de Kerouac, no asustarse. Una vez dentro de la librería todo cambió. El aspecto vetusto e informal de sus estantes, ese olor a libro viejo que me subyugaba desde los tiempos en que frecuentaba las librerías de viejo de Tottemham Cort Road, la gente despreocupada leyendo por los rincones de ese oasis de cultura, el silencio, el sorprendente silencio… Por primera vez en lo que iba de viaje floté. Reconozco que me dejé llevar y mi mente voló lejos pero sin salir de ese reducto que pese a su tamaño era grande como el universo y tan magnético como él.
Compré un par de libros aunque rocé cientos de ellos. Me apoyé en sus paredes y olisqueé rincones absurdos donde alguien alguna vez sufrió con el sufrimiento ajeno y probablemente amó con su amor propio.
En estado de éxtasis, con los ojos en blanco y todavía mi mente peligrosamente activa, nos dirigimos a comer, aunque este capítulo no es apenas reseñable. Una siesta reponedora y con el espíritu atrapado totalmente por la ciudad, decidimos perdernos un poco más.
Coit Tower era nuestro destino y no sé si es que ya estábamos subyugados ante tanta hermosura pero las mismas calles que esta mañana nos parecían curiosas ahora eran puertas del limbo donde no nos importaría venir a pasar el resto de nuestras vidas.
Llegar a Coit Tower fue un paseo delicioso entre comercios con sabor a colmado, bares de los de toda la vida y gentediferente. No había Zaras, Starbucks, H&Ms, ni maldita la falta que les hacía. Ha renacido en mí la esperanza. No está todo perdido y si algún día el imperio globalizador impone su ley, siempre nos quedará San Francisco.
La vista desde la Torre es majestuosa y limpia. Puedes pasar diez minutos con la mente en blanco contemplando un paisaje sobrecogedor.
La bajada sorpresa hacia Levi’s square por la callecita de escaleras, no tiene precio. Aquello fue ya la catarsis. Imagina la luz del atardecer, el ruido del agua corriendo por canalillos que regaban jardines propios de gnomos bordeando casas de cuento escondidas entre marañas de azaleas, petunias y hiedra creciendo salvaje con delicadeza aterciopelad. El tiempo se detuvo y por segunda vez en el día sentí que flotaba y no quería que aquello terminara nunca…
Unas cervezas en el Vesubio pusieron la guinda a una jornada que tardaré en olvidar y que sin duda compensó todos los sinsabores sufridos hasta entonces.
Son las cinco de la mañana y no tengo mi pizca de sueño pero escribir estas líneas me han hecho sentirme bien. A lo lejos suenan unas sirenas de la policía que dan un toque humano a esta ciudad de cuento y el que aquí subscribe tratará de descansar un poco. Mañana me espera una visita que espero sea tan mágica como anuncian: Alcatraz.
Un abrazo, Arturo.

Saturday, May 19, 2007

38 formas de ver la vida; 38 canciones que me emocionan; 38 besos robados; 38 noches en vela; 38 maneras de intentar quererte y no dar con ninguna; 38 sillas donde sentarte a coger resuello; 38 veces pidiéndote que te rindas; 38 abrazos; 38 lágrimas; 38 llamadas no contestadas; 38 veces juré que no lo haría; 38 mazurcas de Chopin para leer 38 poemas de Neruda; 38 días sintiéndote tan cerca... y 38 años sin verte.
Apolillado y encogido me hallaste en la esquina de Escolanía con Pez y bañada en lágrimas y vergüenza ajena me llevaste a casa, esa casa que un día fue nuestra. Venciendo el peso de la vida disipada y un agrio aliento encallecido en las tabernas de Santiago, mostrabas entereza al no mirar la cara de quien censuraba tu actitud samaritana que rechazaban atizar los rescoldos apagados a base de hielos flotando en whisky y era la lástima rabiosa que sentías la que tiraba de mí tanto que me dolía y subías las escaleras de dos en dos mientras las lágrimas rabiosas seguían sacando una fuerza desconocida para ti, una ira incontrolada que emanaba de tu espíritu menudo pero caliente.
¿Ves como era bueno que no me hubieras devuelto la llave? El camino por el pasillo hasta la alcoba fue largo y tortuoso. Lejos de las miradas inquisidoras de miles de almas ciegas que la presión del pasado minaba tus gastadas fuerzas y ya a escasos metros de la puerta del dormitorio te derrumbaste presa de un ataque de nostalgia tanguera. Cuántos remolinos de lujuria habían sacudido los cimientos de la casa. Rugías, arañabas, mordías arrastrando la espalda desnuda contra el estuco traicionero mientras mis embestidas apoyadas en la fuerza descontrolada del alcohol te magullaban las costillas y cegaban tu consciencia. Tantos giros desesperados por el pasillo camino de una cama testigo mudo de batallas épicas engalanadas con besos y poemas, caricias y miradas sin tiempo ni razón. Río de flujos desbordados dirigidos a una muerte segura pero placentera.
Allí te derrumbaste y mi cuerpo sedado cayó de bruces haciendo apenas ruido, acostumbrado como estaba a rodar dando tumbos por la vida. Llorabas de rabia e impotencia pues cuando más cerca me tenías, cuando pensabas que la batalla estaba ganada y no había mal trago en el mundo que hubiera separado un amor rocoso cincelado a fuerza de orgullo y escasos prejuicios, te dejé tirada en la estacada, renegando de tu lucha enconada contra mi destino .
Arrodillada en mi pasillo que un día fue nuestro pasillo con el rostro escondido en tus pequeñas manos acunada por sollozos intermitentes fuiste recuperando fuerzas y entereza, la justa para tirar de nuevo de mí y postrarme en nuestra cama, esa que nunca dejó de ser nuestra, esa que ya ni tan siquiera es mía.
Deslizándote por las sombras tristes que reinaban en mi casa fuiste recordando uno a uno los momentos que fueron forjando una historia que de principio sabíamos que era mentira pero era nuestra mentira en la que vivíamos cómodos y ajenos a toda realidad. Tragos de felicidad alterada por arrebatos violentos de pasión que suplicaban un amor negado seguramente desde la infancia. Un amor demandado y nunca recibido hasta que dimos el uno con el otro y de pura lástima nos entregamos a los brazos de la desesperación.
Sentada en mi sillón con el cojín negro apoyado en tu regazo piensas en tu actual pareja y sientes miedo. Miedo por que descubra la pasión secreta que te mantiene viva con una llama débil aunque sea él quien maneja los hilos de tu existencia, aunque sea a él a quien le debas la vida porque te quiere a pesar mío y a pesar tuyo y sin ese amor desinteresado ya nos habríamos topado de nuevo en cualquier esquina y con los ojos rojos de ira, cansancio y ginebra a palo seco, nos miraríamos embelesados con el gesto retorcido y el corazón herido de muerte.
Mientras te levantas despacio observas que la casa se encuentra igual que cuando la abandonaste. Con más mierda, eso sí. Con la misma mierda que nunca quisiste ver cuando vivías aquí y con toda la mierda que ha ido acumulando el olvido y tu cobardía porque si algo tenemos claro tú y yo es que me dejaste porque en el fondo eras cobarde y débil, porque tenías miedo cada vez que abrías la puerta temiendo que yo hubiera desaparecido y tener que pasar por el trago de buscarme y devolverme en silencio a nuestra mentira, de donde nunca debimos salir.
La foto que tenía sobre el secreter de aquel verano mágico en Santoña había desaparecido. Si te digo la verdad no recuerdo donde la puse. Seguramente acabó prisionera en mi bolsa de recuerdos y de tanto de no sacarla la olvidé. Se fue difuminando poco a poco, como tú. No la busques. No merece la pena. ¿Qué es una fotografía sino una marca en el camino para no volver a pasar por ella? No la busques que ya no existe.
Deambulas por mi casa, esa que una vez fue nuestra, y lloras en silencio y tus rodillas magulladas soportan el peso de la impotencia de lo que fue, de lo que soñamos y de lo que no vivimos, mentirosos ilusionados de una historia tan bonita como irreal.
Una semana más tarde, paseando tu tristeza por la avenida de la Nostalgia, esquina Desesperación, te topaste de frente con Olga, con Inma, con Mercedes y Laura la Polaca y buscaste suplicante su mirada conciliadora gritando tu reencuentro conmigo, ese choque de trenes apasionados buscando un cariño escondido en fundas de almohadas portadoras de secretos insondables, que nos sirvió de otro hasta la próxima, hasta que la perra vida nos arrastre a otro catre frío y ausente donde busquemos una llama apagada que conforte nuestra soledad. Estás contenta porque me viste, porque nos rozamos con amor, con pasión de pobres, con el deseo del que nunca tuvo nada y de pronto todo lo alcanza...
-Qué lástima de muchacha... Desde que Alvaro murió, no levanta cabeza. Todavía se lo encuentra por las esquinas al pobre borracho. Ha hundido su vida...
-O se la ha dado. Descanse en paz el príncipe de las tabernas.

Monday, March 26, 2007


Alfonso acudió al funeral con la extraña sensación de que todo aquello era muy familiar. Agarrado del brazo de Félix debido a una bronquitis mal curada que le había dejado una fatiga endémica, accedió al fondo de la iglesia con la máxima discreción que le dejaba una vida social tan intensa como confusa debiendo saludar no sin desgana a rostros conocidos que se le acercaban susurrantes cerciorando que todos ellos iniciaban un camino de no retorno con una mezcla de resignación y lucha por agarrarse a lo que en su momento tuvo sentido y hoy son ridículos recuerdos del pasado. Sentose con fingida dificultad para observar desde tan privilegiada atalaya el tétrico espectáculo brindado por los asistentes. No faltaba nadie. Carlos Alfaro, compañero de facultad y de fatigas nocturnas abandonado a la suerte de una existencia burguesa por mor de las malas compañías que de jóvenes tanto detestábamos. Fernando, desconocido tras su parapeto de arrugas y sombras con el buitre del cáncer merodeando desde lo alto de la cúpula gótica. Sonia y su marido cuyo nombre no recordaba o no quería recordar pues el muy pérfido le arrebató largas noches retozando entre líneas de Samuel Becket y notas de Coltrane. Sonia querida y caliente. Sonia hermosa, tozuda y rebelde. Si ahora te vieras con tu estola de visón y esa amargura en los ojos, volverías de un salto a la cama a follar y a amar sin más cuéstiones de por medio. Damián, solterón impenitente, discípulo de Dorian Gray (incluso amante taciturno). Hoy saldrías de no sé dónde para contar secretos de alcoba que harían sonrojar a muchos adolescentes precoces. Has seguido nadando en efluvios celestiales para mantenerte tan joven, canalla, o quizás sería cierto lo que se decía por los pasillos de los Juzgados: sedujiste al mismísimo diablo y bien que te ha recompensado. Hermoso, terso y joven, tal como se lo juraste a Jacinto en su lecho de muerte. El pobre Jacinto. El no esperó tanto como nosotros. Creo que murió de vergüenza. Se marchitó porque era de natural lacónico. Silvia, Javier, Tasio. No hace nada llenábamos el tiempo con sueños de mentira y hoy nos despojamos de la máscara de entonces para mostrarnos tal cual somos, tal cual éramos por aquel entonces aunque no nos reconociéramos.
Y mientras un cura anónimo de voz anodina parlotea sobre el bien y el mal, nadie le escucha. Están sorbiendo la vida pasada en tragos largos, paladeando vestigios de antiguos esplendores que dieron forma a ese amasijo de alegrías, ambiciones, celos, arrebatos, nostalgias, deseos y pasiones. Vida. Viene y va a su antojo dejando sinsabores y triunfos para un día, mientras cruzas por última vez la mirada con un ser querido te das cuenta de qué bueno que viniste, qué lindo conocerte, compartirte, desgastarte y sentirte. Que te vaya bonito, viejo. Me ha costado pero al fin lo sé: te quiero

Sunday, March 25, 2007

Revive la pesadilla de la pérdida de un ser querido. Diez años después de la trágica muerte de mi madre, las noches convulsas, el ardor en el estómago y la angustia que cercena mis constantes vitales, aparecen en el horizonte con el maldito agravante de la distancia. Momentos de dolor que vienen precedidos de pálpitos pesimistas que ensombrecen la visión realista de unos hechos que a medida que pasa el tiempo se ratifican. Papá no está bien y eso se lo noté en sus ojos tristes el otro día. Esa indefensión que le hacía morirse de vergüenza por tener que ser ayudado a moverse, por verse meado encima sin poder agarrarse a un hálito de vida que se le escapa con suavidad, nos unió más que nunca en estos últimos días donde recuperamos entre un denso silencio lo que quizás nunca debimos perder. No es tiempo de lamentaciones, ni de mirar atrás por lo que pudo haber sido y no fue. En estos momentos quisiera creer en Dios, quisiera tener fe y pensar que realmente hay algo más allá que imparte justicia y va a permitir a este hombre alargar un poco más esa vida que no ha sido precisamente justa con su bondad muchas veces estúpida, muchas veces injustificada, siempre desinteresada.
Nos creemos fuertes. Pensamos que nada ni nadie puede detenernos y, en el fondo no existe criatura más frágil en el mundo...

Thursday, December 21, 2006


Esta noche he soñado que me moría y, mira por donde, ahora estoy muerto. Hace unos años mi amiga Susana me llamó angustiada al trabajo una fría mañana de febrero sacándome de una reunión importantísima para contarme que la noche anterior había soñado que yo moría ahogado en un lago mientras navegábamos en un bote. En ese momento no me enfadé. Al contrario, me dio un ataque de risa. Hoy veo que la muy ladina tenía razón y la pena es que no tuviera tiempo de llamarme a mí mismo para advertirme de la suerte que corría. ¿La causa de la muerte? Me falló el corazón mientras dormía aterrado como estaba tratando de salir de un sueño, uno de esos donde te ves sistemáticamente perseguido por sombras inconclusas que bucean por nuestra mente con escurridiza habilidad. Creo que ha sido mi novia la primera en darse cuenta del óbito. Tras infructuosos intentos de despertarme, ha comenzado a chillar como los cerdos en su calvario, incluso me ha tirado de los pelos con tal saña que he estado a punto de llorar. Afortunadamente ha corrido en pos del teléfono y me ha dejado unos segundos solo, los suficientes como para reflexionar acerca de mi nueva situación que, porqué no decirlo, era bastante placentera. En el silencio de la alcoba contemplaba mi cuerpo inerte con más curiosidad que otra cosa sin duda conmovido por el hecho de que era la primera vez en 37 años que lo contemplaba en todo su esplendor, o mejor sería decir en su franca decadencia. Los brazos desnudos sobre el pecho me producían cierta repulsión pues creyéndolos fuertes y contundentes, no pasaban de ser meras ramas desnudas de un chopo joven mientras mi cara inexpresiva aunque extrañamente serena, me parecía ajena. Tanto tiempo enfundado en un disfraz que termino por no reconocerme
.
Los gritos desesperados de la nueva viuda no alteraban mi estado que no dejaba de ser expectante y circunspecto. Mucho he oído hablar del trágico momento, de túneles de luz blanca cegadora, de la venida de seres queridos que nos acompañan en el dulce trecho al paraíso, de una nube verde sensible sólo a los carretes de fotografía, incluso leí en algún artículo dominical que alguien calculó el peso exacto del alma: 21 gramos. ¡Que poético! ¡Qué vanos son los sentimientos...! Aurora vino corriendo bañada en lágrimas y con el miedo metido en el cuerpo al no saber qué hacer con un cadáver sobre la cama. Abraza mi cuerpo con más pánico que con amor y la escena vista desde otra perspectiva, me resulta cómica, surrealista. Es curioso, el silencio se torna espeso y los sonidos ambientales producen un misterioso eco dando a la escena un ambiente tétrico. ¿Y qué quiero? ¡Acabo de morir! No puedo pretender una big band de fondo, los martini dry corriendo de lado a lado de la sala mientras el público jalea al batería para imprimir más ritmo a la velada. Eso pudiera ocurrir con Frank Sinatra pero yo me acerco más a un perfil kafkiano que a formar parte del Rat Pack. Aurora, impaciente, vuelve a salir de la habitación. Necesita de alguien. No sabe estar sola. Le supera la inquietante sensación de la soledad. Por eso no tardará mucho en encontrar a otro. Por eso me echa de menos cuando aún no me he ido. Por eso grita, para no encontrarse sola. Le aterra pero no la entiendo.

Alguien llama a la puerta. ¿Será algún familiar mío que viene a llevarme al más allá? Quizás venga Marina. La dulce Marina. Sería una compañía perfecta hacia lo desconocido. Hace años nos encantaba perdernos por calles estrechas y amparados en la negrura de la noche nos dedícabamos a robarnos los besos que nos negaba la luz del día y entre sombras, putas y gatos buscábamos portales donde revolcar nuestro cariño escondido. Pero no es Marina. Un sanitario del SAMUR viene a certificar mi muerte. No es necesario. Ya llevo al menos seis años muerto. Puedo dar fe de ello. Y tú también, Aurora, que desde que sentamos la cabeza la vida se me escapaba a borbotones por la boca, por los oídos, por los ojos. Me fui apagando como una vela a pesar de que luchaba denodadamente por vivir. Por eso pasaba el día soñando despierto y tú no lo soportabas. Creías que me alejaba y sólo quería arrastrarte a mi mundo de mentira. No quería afrontar la realidad, esa por la que tú luchaste tanto, esa que ha acabado conmigo. Sí, señor médico. Estoy muerto y bien muerto. Tanto como lo estaba hace tres años. Desde que comencé a dudar, desde que dejé de soñar.
Tres fornidos ATS se esfuerzan en sacar presurosamente mi cadáver de la habitación mientras Aurora llora desconsoladamente sobre el lecho mortuorio agarrando con fuerza mi camiseta que solía utilizar para dormir en las noches de invierno. Recuerdo que tenía mucho cariño a esa camiseta, sobre todo por la historia tan rocambolesca que le precede. Me la regaló una novia que tuve hace muchos años. Cuando aquello acabó, quizás por una historia de cuernos adolecentes, me pidió que se la devolviera y así lo hice. Nunca he sido posesivo con los bienes materiales. Nunca he sido posesivo. Pocos años después, en una noche de borrachera fraternal, acabé liquidando dos botellas de tequila Souza con un tipo que llevaba una camiseta exactamente igual. Apareció con ella puesta en la cama de una ninfómana incorregible cuya descripción era sospechosamente parecida a la de mi antigua novia. Ese día mi compañero de fatigas acabó dormido en el banco de un parque al que acudimos a fumarnos la última china que nos quedaba y me pareció de justicia quitarle lo que no era suyo, así que sin ningún miramiento le despojé de aquel trofeo que un día fue mío aunque no tardé en volver a perderlo. Esta vez fue una putilla de tres al cuarto que me juró que tenía los ojos más azules que había visto en su vida. Al levantarme, mi princesa del reino de las tabernas se había marchado con la camiseta, mi cartera y la poquita dignidad que todavía me quedaba por aquel entonces. Y pensando que la historia entre la camiseta y yo había pasado a mejor vida, volví a encontrármela esta vez en una sucia estación de autobús de Toluca (México) en uno de mis viajes que hacía cada vez que tenía que huir de alguna situación delicada. Vestía el cuerpo de un enjuto chicano con aspecto de proxeneta. Mejor no divagar acerca de cómo llegó mi querida prenda a diez mil kilómetros de distancia. En ese momento comprendí que la camiseta y yo estábamos unidos por un extraño vínculo que nos hacía inseparables así que comencé a hurdir un plan para recuperar a mi buena amiga. Lejos de amilanarme por el aspecto peligroso del sujeto poseedor de mi tesoro, improvisé sobre la marcha y, poniendo en peligro mi pellejo le arrojé un café por encima. Armado con mis mejores modales y un punto de sumisión, acompañé al guanche al baño ofreciéndome solícito a lavarle la camiseta que se había quitado para observar atónito la quemadura producida en su pecho. Agarrar la prenda y echar a correr fue todo uno. Recuerdo que no paré hasta que mis piernas ya no respondían a los estímulos del pánico y por aquel entonces había logrado salir del casco urbano encontrándome exhausto tras unos peñascos junto a una carretera desierta con mi pequeña mochila en una mano y mi querida amiga en la otra. Lo que ocurrió a partir de ese momento no es parte de esta historia. Lo único remarcable es que desde entonces no he vuelto a separarme de ella y ahora es el paño de lágrimas de mi novia.
Compañera fiel, ahora no sé que será de ella. Probablemente acabará enfundada en el próximo novio de Aurora y cuando en el fragor de la batalla acabe arrojada en el frío suelo de una alcoba ajena, recordará los momentos que pasamos juntos.
Ahora comprendo que nadie vendrá a buscarme en el momento de partir, ni se abrirá ante mí un túnel lleno de luz brillante. Es el momento de seguir el camino solo. Aquí acaba nuestra historia que realmente fue bonita mientras duró. Tú te irás con otro y acabarás por olvidarme aunque siempre nos quedará Toluca.

Saturday, December 02, 2006


Los días después de los de resaca me dejan una agradable sensación de bienestar sólo comparable a una sesión de viejos dibujos animados de Hanna-Barbera o Looney Toones desde mi sofá con una taza humeante de Cola Cao entre las manos y ese pellizco de nostalgia que a modo de brasero reconforta mi inestable espíritu.
Odio el desorden, especialmente aquel que va dejando mis ideas y proyectos desperdigados por la habitación de las prisas. Entro y no sé por dónde comenzar a ordenar la madeja de sinsentidos que se esparcen por todos los rincones, debajo de la cama, enredados con las pelusas de los excesos y el polvo de la desidia.Es entonces cuando salgo, cierro la puerta y huyo en busca de algún rincón donde recuperar el silencio, la calma y como por arte de magia, todas mis miserias vuelven a su ser recuperando el orden que tanto me ha costado establecer.
Una iglesia románica de un viejo pueblo perdido del Pirineo francés que se escondió bajo la tierra durante la explosión turística; una sala de cine pequeña cualquier martes por la noche; mi despacho envuelto en penumbras y las notas de Bill Evans; un cementerio, cuanto más grande mejor; el parque Grande de Zaragoza, en esa hora maldita en que sólo me encuentro gatos y putas que regresan de la batalla; la cima de una montaña cualquiera y solitaria; un cara a cara con "Metropolis" de George Groz...
Rincones solitarios llenos de vida en los que oir el estruendo del silencio. Rincones escondidos a la vista de miles de ojos ciegos de tanta rutina y mediocridad envolvente. Rincones apartados, refugio de muchos que quermos estar solos